|
| Extensión de la noticia |
| |
| |
|
Que nos quiten lo soñado
|
| |
Eran películas para verse y volver a verse, para contarse en los recreos, para jugar a ellas, para cambiar los cromos hasta completar los álbumes que las contaban fotograma a fotograma. Y son películas para verse y volver a verse hoy, en casa, preñadas de recuerdos y placeres como están, para sentir el íntimo vértigo de ver con ojos envejecidos las mismas imágenes que vimos con asombrados ojos niños en aquellas grandes pantallas de los palacios del sueño: arquitecturas regionalistas, neomudéjares o racionalistas, lámparas de araña, alfombradas escaleras con pasamanos dorados, chocolatinas del ambigú, porteros con galones, taquillas con marquesinas de cristal.
Aquellas películas de Heston, que sonaban a músicas apasionadas de Elmer Bernstein, Miklos Rosza o Dimitri Tiomkin, forman parte del universo de tardes interminables leyendo novelas de Walter Scott de la Colección Historias o de Julio Verne de Editorial Molino que nos compraban en Sanz, El Rosario de Oro, Oliam o Pascual Lázaro; del Capitán Trueno cayendo en el pozo del pulpo gigante del castillo del mago Morgano o el Jabato luchando contra la momia enmascarada; de sobremesas de verano en las que por todas las ventanas y balcones abiertos sonaba, llenando las calles estrechas del centro o los patios interiores de los bloques de los barrios, la sintonía de Bonanza; de concentraciones en la casa del primer vecino que tuvo televisión para ver Rin Tin Tin, Perry Mason, El Santo, Viaje al fondo del mar o Rumbo a lo desconocido.
|
|
|
| |
|
|