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Marcos vacíos
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EL teatro tiene estas cosas. Nos da la oportunidad de respirar el mismo aire que llena los pulmones de actores tan apasionantes como Federico Luppi, cuyo aliento sentimos tan cerca sin que medie una pantalla, con tanta verdad como la que proporciona la toma única, irreversible e irrepetible por naturaleza.
Que alguien como el argentino, dotado de una genialidad interpretativa sin discusión, trabaje esa noche para los inquilinos de las butacas, palcos y plateas y sólo para ellos es un lujo al que ninguna sociedad cuerda puede renunciar, por mucho que avancen y atosiguen otras formas de espectáculo.
Por eso resulta decepcionante que ese Teatro Juan Bravo que se abarrota para escuchar a Luz Casal, o para reírse con Faemino y Cansado, o para acompañar a Moncho Borrajo en su despedida de los escenarios, apenas llegue al medio aforo cuando tocó el turno de Luppi y compañía, y reciba su entrega con tan escueto bagaje. Quizá los espectadores intuían que El guía del Hermitage no iba a ser la obra redonda que algunos presumíamos y optaron por adelantar el paseo. Quizá sabían que el planteamiento iba a superar con creces su desarrollo escénico y decidieron leer teatro antes que presenciarlo.
El texto del peruano Herbert Morote es un material atractivo de partida. La situación que dibuja, como algunos de sus pasajes, posee un grado de emoción y belleza muy notable, si bien su conversión en producto teatral rebaja ambos conceptos hasta el punto de restarle la brillantez que esperábamos, el pellizco en el alma que se daba por seguro.
Luppi (Pavel) encarna al eterno guía del Hermitage, el museo más grande del mundo. Mientras los nazis cercan Leningrado, el viejo cicerone toma su lugar de trabajo como refugio y cárcel, desde donde resiste el asedio junto al vigilante del inmueble, Igor, y donde recibe las fugaces visitas de su esposa, Sonia.
Pavel es un héroe desarmado que planta cara a los enemigos enseñando a los visitantes inexistentes las obras que ya no están, pues fueron trasladadas hasta los Urales para salvaguardas. Su convicción es tal que termina dimensionando lo invisible, como si el espíritu del arte exiliado se hiciera verbo, como si las pinturas revivieran a través de las palabras del guía.
El montaje, a pesar de un argumento tan esperanzador, carece de intensidad dramática en muchos momentos, se diluye en la recreación del planteamiento hasta que el final, por el contrario, se acelera demasiado.
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